Teocuahuitl
"El árbol Sagrado"



Nada crece sin raíces
ni hombres, plantas, ni países.
Quiero ser como el retoño
que brota de cicatrices.

Cuando esté floreciendo
del gran árbol caído,
esparciré semillas
en esta tierra mía.

Así dice un canto de tradición que me enseñó el abuelo Tletecpatl de Texcoco.

En Anahuac después de transitar un desarrollo de más de 6000 años de autonomía cultural finalmente nos alcanzó la colonización y el eurocentrismo.

A su llegada, los hispanos con la cruz y la espada partieron nuestros frutos, marchitaron nuestras flores, cortaron las ramas y trozaron el tronco del árbol sagrado llamado Toltecayotl.

Nuestros sabios abuelos de Anahuac representaron con un Teocuahuitl “el árbol sagrado” toda su cosmovisión.

En esencia venimos de la tierra, surgimos de ella y con las raíces profundas nos sustentamos, nos alimentamos y permanecemos unidos a Tonantzin “Madre Tierra” y a Tlaltecuhtli “El protector de la Tierra”.

Nuestro tronco es el plano terrenal, nuestra vida que se yergue hacia el cielo, que crece pero a la vez une el plano cósmico con las entrañas de la tierra. Esta unificación es esencial en la vida del hombre porque quien existe solamente de lo que le da la naturaleza se convierte en un capricho de ella comiendo, durmiendo, defecando y reproduciéndose, en cambio el sentido de vivir es el crecimiento en la búsqueda de la expansión espiritual.

Quiero aclarar un punto esencial. Por “espiritual” o “espiritualidad” entiéndase el estado de unificación que se tiene en las relaciones que establecemos con nuestro entorno. En la espiritualidad no hay separación, por lo tanto, al ser espirituales entendemos que nosotros somos el agua, las nubes, el sol, las montañas, nuestros semejantes, las estrellas, las aves, etc. Entre más separados estemos más enajenados vivimos, por lo tanto mayormente nos tornamos al sin sentido de no ver un camino y carecer de sentido en la vida.

De este Teocuahuitl las ramas representan nuestra conexión cósmica y celeste. Son serpientes ondulantes que se reparten por los cuatro puntos del cielo con el propósito de recibir la energía que se emanan del Sol principalmente, de la luna, las estrellas y de Tlaloc, la lluvia como el licor sagrado que bebe la tierra para su sustento.

En el árbol sagrado sobre sus ramas habitan las aves que con bellos colores y cantos proporcionan las plumas para que cada persona o Macehual al merecerlas consiga elevar su conciencia.

Es así como en la cosmovisión de Anahuac la existencia tiene sentido si nos personificamos en ese árbol, con raíces profundas, con solidez en la vida y con la búsqueda continua en la expansión de la conciencia. El propósito superior es ser plenamente conscientes de que somos parte del Universo con esta forma humana, en este tiempo y lugar que nos corresponde ocupar. Al conseguirlo el Universo se hace consciente de sí mismo.

Los colonizadores al llegar y tratar de cortar nuestro árbol no se dieron cuenta que entre más fuerte golpeaban el tronco y las ramas se desprendían con mayor facilidad las semillas, las cuales se repartieron por los cuatro rumbos, y ha tomado 500 años comenzar a ver el nuevo florecimiento.

Éste es nuestro tiempo. Los ancestros que dieron origen a Anahuac en su tiempo hicieron el trabajo que les correspondió. Nos dejaron la Toltecayotl de la cual nace una estructura epistemológica y así extraer todos los lineamientos para construir nuestro pensamiento, prioridades, valores y visión de la realidad. Seguimos siendo ellos y recae en cada rostro y en cada corazón la responsabilidad de darle sentido a la humanidad para alcanzar el fin más elevado: “Hacer florecer nuestro corazón”.

Recibe un abrazo de tu hermano Tlahuilcoatl.