Rostro y Cotazón

Cada uno de nosotros somos representantes de nuestro linaje.

Somos el último eslabón de una cadena que se ha ido tejiendo generación tras generación, por lo tanto en cada uno de nosotros está puesta la responsabilidad de crear la realidad sobre la tierra.

Cuando nacemos estamos libres de fronteras, de creencias, de ambiciones. Simplemente nos dedicamos a descubrir la vida con los sentidos, sin embargo somos un campo fértil en el que se se sembrarán las semillas que más adelante mostrará sus flores y entregará sus frutos.

Seamos conscientes o no, lo mejor y lo peor de nosotros como seres humanos es la suma de todo nuestro linaje.
La educación a la que fuimos sometidos no es mas que un proceso de domesticación con el cual se nos entregó el lenguaje, las pautas y normas de conducta, las creencias, los ritos, los mitos y las tradiciones. En otras palabras somos la síntesis de nuestra cultura, somos el reflejo vivo de nuestra familia, de nuestra comunidad.

De nuestro linaje recibimos un regalo llamado amor, el cual estamos obligados a entregar tanto a nuestros sucesores como a nuestra comunidad. En caso de que una persona carezca de amor, el único recurso al cual podrá asirse para darle sentido a su actividad es la “voluntad”. Por lo tanto podemos decir que el amor y la voluntad son una síntesis indisoluble.

Otro regalo que recibimos de nuestro linaje es la sabiduría que son todo un conjunto de conocimientos aplicados. Al hablar de sabiduría no solo nos referimos a conocimiento de orden lógico, de orden físico, sino también a una compleja comprensión del universo y de la vida. Con esto nuestros ancestros depositan en nosotros todo un bagaje filosófico que nos facilita darle sentido a la vida y dar continuidad al proceso de evolución de esta tierra.

Entonces con amor es formado nuestro corazón y con sabiduría es formado nuestro rostro.

Nuestro amor por la vida se expresa en el deseo de vivir en armonía con la naturaleza y con nuestra comunidad, y con sabiduría expresamos el gusto por darle sentido a cada instante en la vida, para no estar vacíos, para saber que somos parte de un organismo gigantesco que se expande, vibra y evoluciona.

Cuando nos referimos en la Toltecayotl al corazón verdadero no estamos haciendo alusión al órgano biológico, sino que estamos haciendo presente toda la voluntad que tuvieron nuestros ancestros por construir una humanidad compasiva, feliz, armónica.

Cuando nos referimos a un rostro propio estamos hablando de toda la sabiduría que se ha transmitido de una generación a otra para que con ella demos sentido a la actividad humana, para no ir a ciegas, para aprovechar nuestra estancia sobre la tierra. Con la sabiduría nos referimos a tomar nuestra raíz cultural en el trozo de tierra donde nos ha correspondido nacer, para hacer conciencia de que somos semillas que se han sembrado, las cuales tienen que crecer, dar sus flores y entregar sus frutos.

La máxima premisa dentro de la toltecayotl nos orienta para tomar un corazón verdadero y un rostro propio, para hacer florecer nuestro corazón, para ser un buen recurso en nuestra comunidad, para humanizarnos, para ser personas útiles y finalmente… para ser felices.
Por esto es que quien no conoce su origen, quien no toma su raíz cultural y quien no de servicio a su comunidad vive a ciegas, sin sentido, sin propósito, sin voluntad, sin amor y sin sabiduría.

Hagamos el propósito de hacer presente el corazón y el rostro de nuestro linaje con cada instante de la vida, con cada acto consumado, con cada palabra, con cada canto y con la danza de nuestra vida diaria.

Recibe un abrazo de tu hermano Tlahuilcoatl