¿Por qué es necesario tomar nuestra raíz cultural?

Es indispensable considerar que los mexicanos en su mayoría poseemos una mente colonizada como producto de una invasión, imposición, saqueo y genocidio que fueron atroces hace 500 años y que en sustancia no se ha modificado. En apariencia “logramos” una “independencia” para dejar de servir y rendir tributo a una corona extranjera, pero en realidad hoy día seguimos siendo “servidores” a una cúpula de poder que ha creado un sistema mediante el cual se apoderan de nuestros recursos, no solo materiales sino también se han considerado dueños de nuestros recursos humanos. Nos han programado para entregar nuestra fuerza de trabajo y depender de una economía desigual. En realidad es una programación en la que nos han arrancado la posibilidad de vivir ligados a la tierra y sostenernos a partir de lo que nuestra fuerza de trabajo pueda sustentar.

Tan claro es este proceso que si desaparecieran los bancos, las grandes cadenas comerciales y los sistemas de intercambio comercial no sabríamos que hacer porque ignoramos como se siembra el maíz, como se trabaja la tierra para producir calabazas, papas, chiles, etc. y nos parecería seguramente algo que está destinado sólo para el sector “indígena”, no para nosotros.

Nos han vendido la idea de que somos una “raza superior” y que debemos caminar rumbo a lo que han denominado “progreso”.
Si somos observadores, todos los discursos globalizadores de la humanidad del siglo XXI se basan en este concepto de “progreso” y “modernidad”. Pensamos que estamos realmente mejor con las grandes obras de ingeniería, los sofisticados sistemas de telecomunicaciones, y todos los artefactos “inteligentes”.

Es tan absurdo este proceso que con nuestra ciencia “moderna” creemos ciegamente que estamos descubriendo los grandes misterios del Universo, pero al reverso necesitamos comprar agua embotellada, consumir maíz transgénico e ir a un supermercado a comprar un aguacate cuando ni siquiera conocemos como es el árbol que da aguacates. En síntesis creemos ir más rápido, más lejos, más alto pero en realidad no logramos identificar lo más básico de nuestra vida cotidiana.

Lamentablemente en lo que se traduce todo este “progreso” es en una neurosis devastadora que nos ha dejado sin rumbo y que lo podemos resumir en tres palabras: “no somos felices”. No solamente eso sino que no sabemos quienes somos y cuál es nuestro propósito como participantes de esta humanidad y habitantes de este planeta.

Sólo han bastado 100 años para poner en serio riesgo el equilibrio de la vida sobre este hermoso, maravilloso e inconmensurable Planeta Tierra. Estos 100 años son el reflejo de la degradación de nuestra conciencia dado que nos hemos dedicado a vivir como animales racionales que se han olvidado de humanizarse. En efecto no nos podemos siquiera considerar “Humanos” porque para serlo se requiere de una forma de vida en equilibrio con la naturaleza y con las relaciones que establecemos entre nosotros.

Indefectiblemente ante este escenario es indispensable y fundamental cuestionarnos el momento actual en que vivimos para realizar un esfuerzo concreto en el que definamos quienes somos, dejando de ser aquello que nos han impuesto.

De alguna forma podemos decir que el modelo bajo el cual nos hemos regido en los últimos 100 años ha fracasado y estamos en un declive, en la decadencia donde se han agotado bajo este paradigma todas las posibilidades de humanizarnos.

Entonces si queremos darle un rumbo diferente a nuestra forma de vida tenemos que partir de un paradigma que no sea exógeno, o sea, basarnos en un modelo propio, autónomo y que contenga las bases sustanciales en la comprensión de nuestra naturaleza. Por lo tanto para lograrlo necesitamos de una base, de un punto de partida y de una referencia clara, probada y que funcione.

Para retomar el rumbo en la construcción de nuestra realidad necesitamos asirnos de nuestra “raíz”.

Partamos de un hecho concreto: nuestros sabios abuelos vivieron inmersos bajo la misma esencia humana en la que, al igual que nosotros, experimentaron en carne propia las limitaciones de la sustancia animal. En otras palabras nuestros ancestros también experimentaron la avaricia, el desamor, la necesidad de ser reconocidos, las debilidades carnales, el ocio, el deseo de poder, el dolor que genera la pérdida, la soledad, el desprecio, el miedo y un profundo deseo de autorrealización. Fueron tan humanos como lo somos nosotros.

A pesar de estar inmersos en la misma naturaleza animal, con un enorme esfuerzo que duró varios miles de años nuestros ancestros lograron desarrollar una cultura auténtica, única y originaria que les permitió humanizarse.

La cultura es la base de la cual todo animal racional que nace se apropia del lenguaje, las creencias, los ritos, los mitos y las tradiciones para darle sentido a la actividad en el plano individual y colectivo. Esta cultura “nutre” y “cultiva” la mente humana y la Madre Tierra le da al cuerpo todo lo esencial para el sustento de la vida, de tal forma que participar activamente de la cultura nos hace acreedores de alcanzar los fines más elevados del Ser.

Nuestros sabios abuelos crearon una forma de vida en la que se ocuparon de darle al animal racional un rostro sabio y un corazón verdadero. Integraron una cultura con la cual es posible hacer florecer el corazón que en otras palabras se considera el fin más elevado del Ser.
En esta práctica que tuvo como sustentador al Maíz se construyó la Toltecayotl, una filosofía que en su aspecto más estructural integra la ciencia, el arte, la mística y la epistemología.

Estamos en tiempos en los que cometemos el error de creer que “regresar” a vivir como lo hacían nuestros ancestros implica un retroceso al “progreso” y la “modernidad”.

Estamos dormidos, ciegos, pasivos y atados a una forma de vida gris en la que dejamos de sentir la lluvia, no apreciamos las cosas más simples que tiene la Madre Tierra para nosotros y la peor parte: hemos dejado de ver al “otro” como una parte de nosotros. Nos hemos enajenado, o sea somos ajenos a nuestras relaciones más básicas dedicándonos solo a comer, ir al baño, dormir y reproducirnos como un mero impulso biológico.
La alternativa está en tomar, practicar y vivir la Toltecayotl, dedicarnos a ser Toltecas, aprendiendo el “arte de vivir” en armonía.
La Toltecayotl es una forma de vida que le posibilitó a los habitantes de Anahuac su humanización y su trascendencia hacia planos de conciencia elevados. Esta integración filosófica está aquí para nosotros, es nuestra herencia sagrada y que está a la altura de otras grandes civilizaciones originarias como la Egipcia, China, Mesopotamia, Inca e India.

Tomar nuestra raíz es un acto de dignificación humana. La Toltecayotl en su máximo esplendor le posibilitó a los viejos abuelos vivir con sentido y armonía durante más de mil años, por lo tanto es una forma de vida probada, con sentido y dirección.

El gran problema de nosotros los mexicanos es la ignorancia. Tristemente “no sabemos que no sabemos”. Ignoramos en su totalidad lo que hay en nuestra sangre, lo que habita en cada una de nuestras células y más allá de eso lo despreciamos porque nuestra mente colonizada considera a lo antiguo como retrógrada, bárbaro, idólatra y hasta deshumanizado.

El Anahuaca de este tiempo adora al dios traído de afuera, desea ser como el extranjero, se avergüenza de su raíz y desprecia a los más puros llamándolos “indígenas”, un término clasista, xenofóbico y con una enorme carga de ignorancia. Es el producto de un muy estudiado proceso de educación colonizada.

Para asirnos de nuestra raíz cultural es indispensable en primer lugar integrar a nuestra conciencia la columna vertebral de la Toltecayotl que es Quetzalcoatl, un arquetipo, axioma, concepto y principio que ejemplifica la conciencia cósmica.

Toda persona que despierta en sí mismo a Quetzalcoatl logra entender que se es una integración dual compuesta de materia y espíritu. La comprensión de Quetzalcoatl nos permite visualizar que lo más valioso que tenemos sobre este mundo es el tiempo para transitar un camino que idefectiblemente tiene como destino la muerte, por lo tanto liberar al espíritu de todas las pasiones mundanas será lo único que pueda hacerle florecer el corazón, viviendo con armonía, con paz y serenidad en su interior.

En la Toltecayotl las diversas prácticas serán el medio por el cual lograremos darle nuevamente sentido y rumbo a esta humanidad doliente, por esta razón quien siga en el sueño colonizador de querer alcanzar la trascendencia a través del consumo y el servicio de los mercados internacionales perderá su tiempo miserablemente, desperdiciando un recurso que está aquí, entre nosotros y que fue pensado por parte de nuestros ancestros para este tiempo que vivimos, porque a final de cuentas estamos inmersos en un Universo dual donde hay períodos de luz y de oscuridad.

Es tiempo de hacer válida nuestra herencia sagrada, es tiempo de tomar nuestra raíz porque en ella están los nutrientes de la conciencia, está la esencia del maíz, en ella está el camino florido para apropiarnos de un rostro sabio y un corazón verdadero.
Que tengas una vida llena de bendiciones, son los mejores deseos de tu hermano Tlahuilcoatl.