Un guerrero desarrolla su plumaje.


Uno de los propósitos del guerrero es desarrollar su plumaje.

Quien se dispone a vivir como guerrero requiere transitar una senda de auto-transformación que nuestros sabios abuelos asociaban a las aves y al Sol. Estos dos componentes fueron adoptados por nuestros ancestros para referirse al desarrollo espiritual que tiene como propósito encontrar una forma de vida que llamaron “verdadera”.

Las aves y las plumas siempre han estado presentes en los diversos componentes culturales de Anahuac porque a través de ellas se hará referencia a la conexión con el Ser, con el espíritu y con aquello que alcanza un grado de elevación sutil que se integra a lo celestial, a la luz.
En este sentido las plumas hacen referencia al espíritu, a lo intangible ya que son el elemento que nos permite elevarnos por el cielo hasta alcanzar al Sol y las estrellas. Las plumas nos podrían elevar hasta integrarnos con la luz.

Por esta razón el águila representa al Sol. Es el ave que vuela alto surcando la bóveda celeste, dando luz, creando un movimiento de vida que asciende de la tierra abriendo sus alas, ascendiendo muy en lo alto del cielo y al cruzar se posa de nuevo sobre la tierra.

Nuestros abuelos nos enseñaron que somos parte de la naturaleza y requerimos desarrollar un plumaje si queremos alcanzar los atributos del cielo, un espacio en el que reina la luz, el movimiento y la armonía.

Quien se dispone a vivir como guerrero en primera instancia tiene que reconocer su naturaleza terrenal porque indudablemente emergemos de la tierra con un cuerpo físico que termina siendo el recipiente donde mora el Ser. El cuerpo por sí mismo solo tiene una función biológica que solo necesita satisfacer sus necesidades primarias de alimento, sueño, reproducción, etc. El cuerpo es la viva expresión de la tierra en la que los valles y montañas elaboran un armónico serpenteo si se mira en el horizonte. Por este motivo la serpiente para los pueblos antiguos de Anahuac hace referencia a lo material, terrenal y físico.

Es así como la máxima referencia de integración de lo terrenal con lo celestial está en Quetzalcoatl. Es una manera de aludir al proceso en el que los seres terrenales desarrollan un plumaje para elevarse e integrarse a la luz, fusionarse con el Sol y desarrollar alas de luz.

Nuestros ancestros nos enseñaron que muchas veces nosotros vivimos como un tsinacantli “murciélago”. Estamos en la obscuridad, viviendo de cabeza, sin conocer la luz, teniendo ojos que no sirven para ver, sin un plumaje, volando de manera desordenada.

Si queremos salir de la obscuridad es necesario hacer surgir las plumas desde nuestro interior. Esto implica una batalla propia porque conlleva vernos en un espejo que solo refleja nuestra sombra. En realidad este espejo está tan manchado, tan lleno de hollín que ni siquiera alcanzamos a reconocer las facciones de nuestro rostro. Hay un absoluto desconocimiento de quienes somos.

Para limpiar este espejo lleno de humo tenemos que salir a la luz, por lo tanto las primeras plumas que un guerrero tiene que desarrollar son las de un colibrí que aunque son pequeñas tienen toda la fuerza para hacernos volar en diversas direcciones, volando estáticos, observando. Estas plumas de colibrí son la viva expresión de la fuerza de voluntad que con aleteo fuerte y rápido nos sacará del inframundo, esa cueva obscura y húmeda, sin color, sin movimiento.

Cuando el guerrero, convertido en colibrí ha emergido de la obscuridad se posa en el horizonte como el Sol de invierno. Es pequeño y al parecer apenas tiene la vitalidad suficiente para emitir luz y calor, sin embargo toma toda la fuerza de su corazón, de su lado izquierdo para disponerse a crecer.

Sólo la actitud guerrera de necesitar vencerse a sí mismo es lo que lo mantiene en pie. Este Huitzilopochtli o “colibrí zurdo” visitará los diversos rincones de la Madre Tierra. Volará vertiginoso para tomar contacto con las flores, con sus colores, sus formas. Se nutrirá del néctar dulce que da alimento a cada movimiento.

El guerrero al vestirse con las plumas del colibrí logró fortalecer su espíritu pues ya conoció las flores, los cantos, el fluir de la vida, la fuerza del viento, el calor del Sol. En otras palabras logra apreciar el valor de la vida y seguirá moviéndose con la firme convicción de hacer su mejor intento de ser impecable, porque siendo absolutamente consciente sólo en Tonantzin Tlalli “nuestra venerable Madre Tierra” se encuentra la perfección.
Cuando el guerrero termina de desarrollar su plumaje de colibrí, se transforma en Quetzaltototl “el ave preciosa”, que muestra los cantos que nacen de su interior, haciendo una celebración de vida.

Quetzaltototl posee cantos, muestra en sus plumas el color de las flores con las que se ha alimentado, refleja los diferentes matices del Sol, vive para exaltar la magnificencia de la naturaleza.

Este estado interior es el resultado de haber limpiado el espejo, por lo tanto puede reconocer un rostro propio.
Su corazón sincero le hace comprender que el tesoro más valioso que se posee es el Nican Axcan “el aquí y ahora”, momento presente en el cual se sintetiza toda la realidad.

Quetzaltototl emprende un vuelo desde la tierra y en su elevación fortalece sus alas, mejora su visión, sus plumas se extienden y acrecenta sus alas. Con el vuelo alto alcanza la altura suficiente para acercarse al Sol, el cual emana tanto calor que “chamusca y tatema” sus alas volviéndolas de un color obscuro. Se ha convertido en águila.

El guerrero con la elevación del espíritu desarrolló un plumaje de águila con el cual puede emprender un viaje viendo las cosas en otra perspectiva.

La característica particular del guerrero águila es la comprensión de la dualidad. Conoce y comprende las cosas de la tierra, de aquí proviene. También conoce y experimenta las cosas relacionadas al cielo, aspectos del Ser absolutamente intangibles que solo se pueden experimentar por medio de los sentidos internos, por medio de la conciencia.

Un guerrero águila sabe que su existencia tienen un propósito más allá de lo terrenal. Entiende que su objetivo es ascender en la vertical de la vida para integrarse a la luz y calor que emana el Sol porque sin él no habría vida, no habría movimiento y todo sería tan obscuro como la cueva de la cual trascendió.

Quien logró transformarse hasta el punto de convertirse en águila se vuelve una fuente de luz para quienes le rodean y despliega sus alas para abrazar a su pueblo. Un guerrero águila ofrece su corazón para que los demás se alimenten de él, en otro sentido, practica los sacrificios humanos porque se desprende de su egoísmo y vive al servicio de crear el cielo en la tierra.

Sin embargo a pesar de esta transformación gradual, vertical y en ascensión, el mayor vuelo de un guerrero radica en aletear tan alto que puede llegar más allá del Sol, ascendiendo hasta el treceavo cielo, el Omeyocan que es la casa de la dualidad creadora.
En el Omeyocan sólo hay plumas de Quetzal que pertenecen al plumaje de Ipalnemohuani “quien concede la vida”, de Tloque Nahuaque “quien permanece junto rodeando todas las cosas”, el omnipresente.

Sólo ascendiendo, elevando el espíritu es posible conocer las plumas de Quetzal, las mas hermosas, radiantes y luminosas que hay sobre la tierra.

Las plumas de Quetzal poseen el color del jade, de la turquesa y del oro. Conocerlas, tocarlas y apreciarlas son el tesoro más valioso que pueda poseer un guerrero y éstas sólo se guardan en el corazón, desde ahí emiten sus matices con flores y cantos.

Quien conoce las plumas de Quetzal deja de darle un valor a las cosas de la tierra, porque el tesoro más valioso no está entre nosotros y solo puede ser experimentado a través de una profunda auto-transformación.

La vida de un guerrero sólo cobra sentido en el anhelo de conocer a esas plumas de Quetzal para guardarlas y compartirlas entre aquellos que viven aún siendo tsinacantin, “murciélagos”.

Que cada respiración y cada latido de tu corazón te eleven con plumas en el camino de la auto-transformación, son los mejores deseos de tu hermano Tlahuilcoatl.