El guerrero ha integrado en su vida a la muerte

Un guerrero está listo para su muerte, ha renunciado al deseo de permanecer en este mundo más del tiempo que le es asignado.
Cuida de si mismo, de sus relaciones y de su entorno porque sabe que tanto el cuerpo como el ambiente son herramientas prestadas para que pueda experimentar la vida y el aspecto dual que rige el Universo.

Un guerrero ha muerto porque ha renunciado a este mundo, entiende que nada le pertenece, mucho menos su cuerpo, por lo tanto no centra su vida en las pasiones materiales que sólo lo atan y lo llevan al sufrimiento que genera el apego.

El guerrero comprende su naturaleza, sabe que en el aspecto material su destino indefectible es la muerte, por lo tanto aprovecha al máximo cada latido de su corazón y cada respiración. No desperdicia su aliento o sus palabras en cosas banales y transitorias.
Quien ha muerto aún estando con vida ha muerto de forma mística, lo que se traduce en un estado absoluto de conformidad. Toma del mundo sólo lo que necesita y valora con gran profundidad los aspectos más esenciales del mundo, entre los cuales están los paisajes, los cantos de las aves, la sonrisa en las personas, el amor en cada una de sus relaciones, la compasión, el calor y la luz del Sol.

El guerrero con su muerte atesora en su interior lo más valioso que pueda haber para un Ser Humano: la paz interior, la serenidad mental - emocional, la calma y el reposo. Por eso al morir descansa en paz, ha abandonado la lucha de imponerse, se ha alejado de la necesidad de acumular lo que no podrá llevarse, se ha arrancado de encima la vanidad y el cansancio que genera la necesidad de sentirse reconocido, apreciado, tomado en cuenta.

La muerte es un estado de vacuidad donde reina el silencio. Es un campo fértil y abonado para que crezcan las flores que han de embellecer la tierra, entonces quien ha muerto para sí mismo ha logrado el florecimiento de su corazón.

Un guerrero de la muerte florecida se procura una vida digna, sabe que para estar bien en el mundo no necesita la opulencia y para su pueblo es un recurso de bienestar al cual pueden recurrir porque vive permanentemente al servicio.

Para el guerrero la muerte es un estado interior en el que sólo existe el presente, en él no hay historia. Vive de instante en instante y su vida es el reflejo de la cultura de su pueblo, por eso habla su lenguaje, practica sus tradiciones, sus valores, su educación, su arte.
Quien ha logrado morir tiene un exaltado aprecio hacia la vida porque entiende a profundidad que cada instante es una oportunidad para perfeccionarse, para dar de sí mismo lo mejor, para dejar sobre la tierra las flores que han de embellecer el mundo en las siguientes generaciones.

Por esto es que un guerrero de la muerte florecida no tiene motivo para luchar, para pelear. Lo que le pertenece nada ni nadie podrá arrancárselo, principalmente su dignidad.

El guerrero de la muerte florecida es un buen embajador de este mundo, es un representante digno de la humanidad en este maravilloso planeta, por eso es que cultiva tanto al ser, para que al entregar el cuerpo se muestre con dignidad, con entereza.
La vida que se aprecia a través de los sentidos externos (vista, tacto, gusto y olfato) generan un sueño del cual es difícil despertar porque nos mantiene atados a la lógica de la física, sin embargo darle muerte a la vista cerrando los ojos, dando muerte al oído retirándonos al silencio, dando muerte al tacto inmovilizando el cuerpo y dando muerte al olfato al sólo respirar profundo nos lleva a un despertar porque damos pie a que florezcan los sentidos internos, aquellos con los cuales podemos apreciar al Ser. Cuando aquietamos lo suficiente todos los sentidos (meditando, contemplando) ingresamos al mundo de los muertos, lugar en el que habitan aquellos que se han retirado del mundo material para integrarse al mundo del espíritu donde se pueden conocer los misterios de la vida y de la muerte.
De hecho la humanización es un contacto profundo con la muerte y si hemos de experimentar la muerte del cuerpo físico estamos obligados a transitar por la muerte mística.

Esta es la razón por la que nuestros ancestros nos hablaban de Tezcatlipoca, el “espejo humeante” que en algún sentido lo podemos considerar como un paño frente a nuestro rostro que no nos permite vernos y reconocernos en nuestra propia naturaleza. Quien ha aprendido a morir en sí mismo ha limpiado el espejo de obsidiana con el cual solo percibía su sombra. Con la muerte ha trascendido el espejo humeado, lleno de hollín que no le permitía contemplar las cosas a su alrededor.

Sin duda alguna la tarea más difícil en este mundo es morir en sí mismos, entonces, en estas fechas dedicadas a la muerte trabajemos de forma personal para lograr ser guerreros de la muerte florecida.

Que la paz interior, la serenidad, el reposo y la vacuidad sean en ti, son los mejores deseos de tu hermano Tlahuilcoatl