690 aniversario de la Fundación de Mexihco Tenochtitlan

Este 26 de julio se cumplen 690 años de la fundación de la gran Tenochtitlan, el centro de la última gran civilización que se gestó sobre Anahuac antes de la llegada de los europeos y su lamentable destrucción, saqueo e incomprensión.

Esta es una buena oportunidad para hacer una reflexión acerca de nuestra nación, nuestra cultura y el estado en que nos encontramos a los casi 500 años de colonización.

Considero de suma importancia reflexionar acerca de cuales fueron los sueños de nuestros abuelos Aztecas que a su llegada al altiplano fundaron Mexihco, el ombligo que alimentó una forma de vida durante varias generaciones.

Nuestros abuelos al fundar Mexihco portaban los conocimientos de sus antecesores que durante más de 3,000 años habían desarrollado, frutos de una cultura originaria que aporta a la humanidad el concepto filosófico de la dualidad, la comprensión del cero y la creación de una cuenta del tiempo exacta que ningún calendario creado en otra latitud alcanzó. Ellos sintetizaron un conjunto de principios filosóficos, artísticos y científicos que conformaban Anahuac y sus expresiones culturales, entre ellas, la Olmeca, Zapoteca, Maya, Totonaca y Tolteca, entre otras.

Es por demás conocido el hecho de que los Mexihcas tenían conocimiento de que sucedería un evento que traería la destrucción de su civilización y que llegaría de otras latitudes. Portaban conocimientos que les hacían comprender que todo en esta tierra tiene un tiempo de esplendor y otro de decadencia, y más allá de eso hasta lograron medir esos ciclos en sus cuentas del tiempo.

Fueron casi 200 años los que se mantuvo en esplendor la civilización Mexihca hasta la llegada del español que traía consigo un arma oculta y devastadora que por un lado eran las enfermedades y por el otro la enorme ambición por el oro, la posesión y el cristianismo.

Los españoles a su llegada a lo que llamaron América eran parte de una cultura desordenada porque representaban la mezcla de pueblos íberos, celtas, fenicios, cartagineses y griegos, los cuales habían sido víctimas de la imposición romana y sobre todo la del islamismo. Con la conquista musulmana que padecieron los pueblos de la península ibérica se encontraban desarraigados de una cultura originaria, propia y auténtica. Por lo tanto lo que trajo a los españoles a estas tierra no era más que la ambición.

Por obvias razones con la llegada de Cortés a Anahuac dio comienzo el principio del fin para una civilización originaria que traía detrás un desarrollo de más de 6,000 años. Los mismos europeos se hacían llamar el “viejo continente” cuando ni siquiera alcanzaban los 1,000 años de desarrollo cultural.

Es necesario entender un aspecto fundamental si queremos hablar de Anahuac: los españoles no estaban en capacidad para comprender los principios filosóficos, artísticos y científicos de nuestro pueblo. Su amplia ignorancia estaba justificada por la ambición de servir a un rey y llevar el oro que daría sustento a un sistema colonial (capitalista) que hasta hoy día ha resultado devastador para la humanidad.

Tal vez lo más lamentable radica en saber que esto que nombran la “historia oficial” es leída en bibliotecas y enseñada en las universidades, transmitida en las escuelas y escrita por aquellos llegados de la “Hispania”, en consecuencia la autenticidad del conocimiento así como el verdadero significado de tantos y tantos elementos culturales milenarios quedaron en pequeños grupos llamados calpullis que transmitieron su saber de generación en generación.

Este destino trajo consigo dos posturas asequibles a nosotros, por un lado esta todo aquello que interpretaron los europeos en sus crónicas y por el otro lo que algunos de nosotros vivimos hoy día en los grupos de tradición. Cada uno de nosotros es plenamente libre de tomar la que mejor sintonice con su estado de conciencia y con lo que mejor describa su desarrollo cultural. A fin de cuentas, seamos conscientes o no somos “todos” herederos de una cultura originaria, milenaria y del orden altamente desarrollado.

Retomando la intención inicial, considero que nuestros ancestros soñaron y trabajaron por desarrollar una forma de vida ligada al cosmos y a la tierra a través de un Xihtli “ombligo”. Este centro que une ambos planos se abre dos veces al año, el primero en el día Mazatl de la veintena Huey Tozoztli (17 de mayo) y el segundo en el día Ollin de la veintena Huey Tecuilhuitl (26 de julio) que es cuando Tonatiuh, el hacedor de calor y movimiento que llamamos Sol alcanza su ascensión máxima en la bóveda celeste posándose en el centro y convirtiéndose en una gran águila; en este punto se fusiona con una mariposa que trae consigo el movimiento de todo aquello que es intangible como lo es la energía y el movimiento del espíritu. Se une con la tierra para depositar en las flores y frutos la esencia de vida que alimentan a los seres vivientes en el plano terrenal.

Esta profunda dualidad compuesta por Padre Universo y Madre Tierra es representada artísticamente con un águila de fuego que posa firmemente sus garras sobre un nopal de agua, del cual brotan tunas rojas parecidas a los corazones humanos. Nuestros abuelos dieron el nombre de “Atlachinolli” a esta dualidad agua-fuego porque en ese concepto se puede resumir el movimiento de la vida.

Los antiguos mexicanos no solo soñaron sino que desarrollaron una forma de vida en la cual el pensamiento, la ciencia, la filosofía y el arte permanecería viviente en cada rostro y en cada corazón humano. El objetivo de vivir sobre la tierra para cada hombre o mujer de Anahuac era crecer en un campo de cultivo abonado de todo o que provee el Padre Sol y todo aquello que se toma de la Madre Tierra para que así se logre forjar un rostro sabio y un corazón verdadero. El sentido de la existencia humana no es otro mas que hacer de la vida una guerra florida donde se lucha contra sí mismo para vencer las pasiones y propiciar en el corazón un campo florido que embellece la tierra con cantos.

La educación para los mexihcas era obligatoria desde la infancia en las diversas escuelas donde se enseñaban las artes, la ciencia, el sacerdocio, la agricultura, el entrenamiento militar y las labores de casa, entre otros. Su estructura social no estaba basado en sistema de castas, por lo tanto cualquier habitante mexihca tenía la posibilidad de convertirse en Tlahtoani (gobernante que posee la palabra), servir y guiar el destino de su pueblo si mostraba los conocimientos y las habilidades necesarias.

Todo esto nos lleva a la necesaria evaluación de lo que ha representado para los mexicanos estos casi 500 años de colonización desde la llegada de los hispanos, y considero que coincidimos en afirmar que es lamentable todo aquello en lo que se ha convertido nuestro modo de vida.

Seguimos inmersos en un sistema colonial en el cual las cosas no han cambiado sustancialmente. Vivimos y padecemos tiempos en los cuales los gobernantes sirven a los intereses extranjeros, sin ningún tipo de representación social; Se instalan en sus curules de “falso poder” por imposición y para seguir sirviendo a los llegados de afuera; Al igual que lo hicieron los europeos, lo propio, original y arraigado en esta tierra es despreciado, tachado de ignorancia, retrógrada y condenado.

En esta tierra que antiguamente fue Anahuac se ha impuesto un catolicismo que no le permite a muchos mexicanos pensar por sí mismos y que los entrena para obedecer dejando los pocos pesos que tiene para ganarse el “reino de los cielos” ya que vive como pecador. Este catolicismo ni siquiera vela por su gente debido a que con el poco dinero que lleva cada feligrés a su iglesia se amasa una gran reserva económica en el Vaticano que nunca es regresada al pueblo de origen. En síntesis con la imposición católica se sigue el mismo modelo que movía a Cortés: el servicio para una corona de otro continente.

Muchos mexicanos continúan teniendo una práctica religiosa nacida y desarrollada en otras latitudes, en otras tierras y en otras culturas, menos la propia que lo arraigue a sus orígenes.

La “clase” gobernante carece de raíz “indígena”, aspecto esencial que trae como consecuencia la falta de compromiso hacia su sangre, hacia los suyos, hacia su pueblo.

Los mexicanos desconocemos en suma medida nuestra cultura de origen que es milenaria y desarrollada a la altura y con el mismo proceso de otras culturas igualmente originarias como son Egipto, China y Mesopotamia. Este desconocimiento trae consigo en el mexicano la carencia de identidad, por lo tanto al ser entrenado bajo un sistema colonizador servirá a un sistema de castas donde el máximo sueño será llegar a pertenecer a ese grupo extranjero que se dice vivir con “clase”.

Al paso de casi 500 años de colonialismo la cultura de nuestros ancestros, para muchos, solo tiene un valor artístico que bien se debe vender como artesanía y debe exhibirse a los extranjeros que traen divisas y derrama económica. Para muchos y más para la “clase” gobernante carece de un valor sustancial que provea de los elementos que den sentido a un pueblo, a una nación, que te den identidad y que te arraiguen a tu origen.

Con este panorama, hoy más que nunca es necesario hacer nuestro lo que siempre nos ha pertenecido: una forma de pensamiento filosófico auténtico, una forma de vida enseñada por los ancestros que hagan de cada uno de nosotros un rostro sabio y un corazón verdadero, en el cual el “otro” forma parte de mi y navegamos en la misma balsa. Una forma de vida en donde defendamos nuestra tierra, nuestros recursos, nuestras tradiciones.

Hoy más que nunca es tiempo de danzar, de cantar como lo hacían los antiguos mexicanos y de ver el templo de la creación en la naturaleza misma, en nuestro cuerpo, en nuestro saludo y en el otro. Es tiempo de reconocer a Quetzalcoatl como el principio máximo de conocimiento y sabiduría que vive en cada uno de nosotros dado que portamos a la serpiente con un cuerpo físico y al espíritu con las plumas. Es tiempo de vernos en el espejo humeante de Tezcatlipoca donde sabemos que si destruyo mi entorno, si destruyo o desprecio a mi semejante en realidad me destruyo y me desprecio a mi mismo. Es tiempo de dejar de lado la ilusión de querer ser como el extranjero queriendo pertenecer a un grupo privilegiado, que te hace creer que estás por delante o encima de los demás.

De no retomar lo que es de esta tierra en la que nacimos seguiremos padeciendo el costo causado por nuestra falta de identidad. Necesitamos entender que ningún grupo político, ningún sistema económico y ningún extraterrestre nos salvará de lo que nosotros mismos hemos creado.

Nuestros abuelos hicieron el trabajo que les correspondió en su tiempo para desarrollar una forma de vida que se sustentó durante varios miles de años, ahora nos corresponde a nosotros retomar los principios más básicos con los cuales es necesario dar sentido a nuestra existencia. Por lo tanto la “cultura”, o sea la tierra donde nos cultivamos y de la cual nos alimentamos, es el medio por el cual podemos salir de esta crisis que no es económica, política ni ideológica sino cultural.

Todos estamos invitados por el simple hecho de saber que una gota de nuestros genes pertenece a los abuelos, a los ancestros y porque nuestros pies se posan todos los días sobre el rostro de esta gloriosa tierra llamada Anahuac.